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Sobre este espacio

Este blog está dedicado al análisis y discusión de temas relacionados con la seguridad nacional y la defensa. Aunque en este sitio se encontrará información primordialmente sobre México, también se abordarán temáticas que por su relevancia bien pudieran aplicarse a otras latitudes. El autor es fundador y Director de Inteligencia en Riskop, una firma mexicana de inteligencia estratégica y control de riesgos. Politólogo por el ITESM Campus Monterrey y egresado del William J. Perry Center for Hemispheric Defense Studies (DPCT 2016). Investigador Externo del Instituto de Investigaciones Estratégicas de la Armada de México y conferencista en el Centro de Estudios Superiores Navales.

Algunos títulos recomendados

The evolution of modern strategic thought

The Ghost Fleet: A Novel of the Next World War

Out of the mountains: the coming age of urban guerrilla

Manual de Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional

Fire on the water: China, America and the future of the Pacific

Insurgency and Counterinsurgency in modern war

La Marina Armada de México se encuentra en un profundo proceso de modernización y ampliación de capacidades como nunca en su historia.

Este proceso no es nuevo, pues en realidad comenzó en la década de los 1990, en medio de los cambios geopolíticos producto del fin del bipolarismo y las consecuentes revisiones del concepto de seguridad en las democracias occidentales.[1]

Al día de hoy, se advierte un cambio de paradigma doctrinal en la Armada, pero éste no puede ser entendido sin tomar en cuenta todo el proceso de modernización que le ha dado vida a este momento estratégico.

Rumbo al siglo XXI, y una vez transcurridas dos décadas del tercer milenio, la Armada de México se enfrenta a una evolución doctrinal sin precedentes: transitar de una fuerza naval predominantemente de tipo “constabulario[2] o de guardia costera, con capacidades limitadas en materia de defensa exterior, a una más acorde con el reto que demanda una nación de 120 millones de habitantes, 3 millones de kilómetros cuadrados de Zona Económica Exclusiva y 11 mil kilómetros de costas.

El reto es mayúsculo, y sólo podrá abordarse si el estamento político entiende, de una vez por todas, la necesidad de avanzar hacia una nación que explote su potencial marítimo al máximo, de la mano de un poder naval efectivo.

Para entender el actual proceso de evolución doctrinal en la Armada, deben abordarse tres períodos principales: el primero explora la evolución de las capacidades navales mexicanas durante el período 1990-2001, el segundo versa sobre los cambios doctrinales adoptados a partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y el creciente papel de la institución en la llamada guerra contra las drogas desde 2007, ambos factores determinantes en el estado actual de la Marina.

Finalmente se presenta una exploración breve de los retos estratégicos para la Armada de México en el futuro, abordando aspectos tanto de seguridad marítima (narcotráfico, tráfico de personas, entre otros) como de defensa exterior (proyección de fuerza, protección de líneas marítimas de comunicación, operaciones de mantenimiento de paz, etc.).

 La Armada durante el período 1990-2001

Con la caída de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, el foco de atención en materia de seguridad nacional pasó de la confrontación entre potencias a fenómenos como el narcotráfico, terrorismo, tráfico de personas, protección del entorno marítimo y sus recursos.

La llegada del paradigma de la seguridad ampliada obligó a los países a modificar sus políticas de defensa y, en consecuencia, enfocar sus esfuerzos presupuestales en el desarrollo de capacidades más blandas.

En este sentido, las fuerzas navales no quedaron exentas de esta redefinición de roles y responsabilidades, lo que tuvo un impacto decisivo en la formulación de hipótesis de conflicto y empleo de medios.

En el caso de México, este nuevo paradigma implicó el reforzamiento de capacidades navales enfocadas a atender dichas amenazas.

No es que antes no se hubiesen abordado, sino que ahora el escenario internacional reforzaba la idea –ya arraigada en la cultura naval mexicana- de que las principales amenazas a nuestra seguridad nacional, desde el entorno marítimo, provenían de fenómenos asimétricos como los antes mencionados.

Lo anterior implicó que el combate al tráfico de drogas por la vía marítima se consolidara como una piedra angular de la cooperación entre México y Estados Unidos, como lo sigue siendo hasta ahora.

Así, ambos factores (paradigma de la seguridad ampliada y el papel de la Marina en el combate al tráfico marítimo de drogas) jugaron un papel determinante en la planeación operativa de la Armada y la definición de capacidades a reforzar o adquirir.

En sintonía con lo anterior, la Armada reforzó sus capacidades de construcción naval, ahora enfocadas principalmente, más no únicamente, en el desarrollo de buques de patrulla oceánica tomando como base lo aprendido tras la adquisición de 6 unidades clase Uribe, a España, durante la década de 1980.

Así nació el proyecto Holzinger, de los que se construirían en astilleros nacionales 4 unidades en la primera mitad de la década de 1990, sentando las bases para el desarrollo posterior de exitosos proyectos de buques de patrulla oceánica como la clase Sierra (4) -que incorporaba un diseño Stealth- y la clase Durango (4).

Estos últimos dos proyectos revisten de capital importancia, pues a diferencia del proyecto Holzinger (en realidad una adaptación del modelo Uribe), todo el proceso de concepción de los buques clase Sierra y Durango –desde análisis de requerimientos, modelaje de diseños, adquisición de insumos y construcción- se realizó completamente en territorio nacional.

Hacia el fin del milenio, la Armada de México avanzaba a pasos lentos, pero seguros, en un proceso de ampliación de capacidades de vigilancia de la Zona Económica Exclusiva, de la mano de medios navales nacionales relativamente modernos.

La Armada durante el período 2001-2007

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 tuvieron un impacto directo en la concepción de la seguridad regional de América del Norte, lo que necesariamente influyó en la definición de nuevas hipótesis de empleo para los medios navales nacionales.

De pronto, al combate al trasiego marítimo de drogas hubo que sumar otras misiones más acordes con la recién planteada Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte, donde la posibilidad de un ataque terrorista a instalaciones petroleras mexicanas obligaba a desarrollar capacidades que hasta entonces no se tenían.

Así llegaron dos corvetas israelíes clase Aliya, primeras unidades de superficie con capacidad real de lanzamiento de misiles anti-buque en la historia de la Armada de México (en este caso, el misil Gabriel MKII).

Dichas unidades, bautizadas en territorio nacional como ARM Tormenta y ARM Huracán, significaron un avance notorio en materia de guerra de superficie, integrándose al nuevo esquema de protección marítima en la Sonda de Campeche (que incluiría también radares de búsqueda de superficie Raytheon Sentinel y la instalación de una base de operaciones especiales en alta mar, precisamente dentro de la plataforma petrolera Ixctoc Alfa).

Sin embargo, la nueva realidad tras los atentados del 2001 no significó una modificación total de la doctrina naval nacional, sino una ampliación -algunos incluso lo consideran como un impasse estratégico- acorde con los retos crecientes en materia de cooperación regional para la seguridad.

De hecho, la construcción de buques de patrulla oceánica no sólo continuó durante este período, sino que recibió un fuerte impulso con la incorporación de una nueva clase, la Oaxaca.

Los buques clase Oaxaca serían la herencia de los proyectos Sierra y Durango, incorporando avanzados sistemas de detección, directores de tiro de última generación, así como sistemas de enlace de voz y datos con unidades terrestres y de vigilancia aérea.

De tal suerte que, para el final de la administración del presidente Fox, la Armada había adquirido nuevas capacidades propias de una fuerza naval, sin descuidar las misiones de seguridad marítima (guardia costera) que continuaron siendo pieza fundamental de la doctrina naval mexicana.

En este contexto se explica la incorporación de las patrullas clase Polaris (en sus diversas modalidades), bajo el nuevo concepto de optimización de recursos en misiones de intercepción.

La Armada durante el período 2007- actual

La llegada de una nueva administración normalmente implica el replanteamiento de prioridades y enfoques en materia de seguridad nacional y defensa, lo que no fue la excepción con el cambio de gobierno de 2006.

A partir de la llamada guerra contra el crimen organizado emprendida por el gobierno del entonces presidente Felipe Calderón, la Armada de México comenzó a jugar un papel cada vez más relevante en el combate frontal a las organizaciones criminales.

Con este enorme reto enfrente, la Armada reorganizó su despliegue terrestre y amplió considerablemente sus capacidades en materia de Infantería de Marina, cuerpo que se consolidaría en poco tiempo como la fuerza militar más eficaz, respetada y confiable del Estado Mexicano.

Como señala Craig A. Deare,[3] la guerra contra el crimen llevó a la cooperación en seguridad y defensa entre México y EEUU a niveles históricos, sobre las bases de una confianza asentada, precisamente, en la década de 1990.

Esta cooperación tendría un impacto decisivo en la ampliación y adquisición de capacidades navales, sobretodo en dos rubros principales: inteligencia naval y sistemas de conocimiento del entorno marítimo, o MDA (Maritime Domain Awareness).

En lo que hace al segundo rubro, la Armada incorporó aeronaves de vigilancia marítima CN 235 Persuader, ideales para operaciones de patrulla en la zona económica exclusiva; al tiempo de incorporar esquemas de comunicación y cooperación en tiempo real con agencias americanas de seguridad, dedicadas a la vigilancia del entorno marítimo en el Pacífico y el Mar Caribe.[4]

Pero tal como había pasado en los períodos anteriores, la doctrina naval mexicana siguió incorporando nuevos elementos, sin descuidar las misiones de guardia costera, por lo que el proyecto de patrullas oceánicas clase Oaxaca siguió su curso, lo que se extendería incluso a la administración del presidente Peña Nieto.

A partir de 2012, con la llegada de la nueva administración, la línea evolutiva trazada desde los 1990 siguió su curso.

Al desarrollo de la clase Oaxaca habría que agregar otros medios navales enfocados también a la vigilancia del mar patrimonial, como el caso de los buques de patrulla costera Stan Patrol, fabricados en México bajo licencia del astillero holandés DAMEN, en una alianza estratégica que sentaría las bases para el más ambicioso proyecto de construcción naval mexicano: la fragata multipropósito SIGMA 10514.

Hacia 2014, el Alto Mando había decidido que la Armada necesitaba seguir avanzando en su función de guardia costera o seguridad marítima, pero debería de una vez por todas adquirir capacidades propias de una marina de guerra de cara al siglo XXI.

Se trata pues, de la más reciente evolución doctrinal en la Marina: avanzar hacia un modelo naval posmoderno basado en una capacidad de disuasión mínima frente al escenario marítimo regional del futuro.

El proyecto SIGMA 10514 encarna precisamente esta nueva etapa para la Armada, pues incorpora lo último en tecnología naval de clase mundial (tanto en sistemas de detección, como sistemas de armas, comunicación y de administración de combate), asegurando transferencia de tecnología al ser construida en suelo mexicano.

Debe decirse que el proyecto de la fragata SIGMA no hubiese sido posible de no ser por la evolución en las capacidades de construcción naval nacional a partir de la década de 1990.

De hecho, más allá de eso, el proyecto SIGMA no sólo significa la adquisición de nuevas capacidades navales, sino una apuesta estratégica que pone a la Armada de México como la punta de lanza en materia de defensa en nuestro país.

La eventual incorporación de la fragata SIGMA, de la que se planean construir 8 unidades, permitirá a México consolidar un esquema de protección y disuasión en su Zona Económica Exclusiva sin precedentes, al tiempo de desarrollar misiones propias de un modelo naval posmoderno, como lo explicado con anterioridad: control marítimo incluyente, operaciones de mantenimiento de paz, apoyo humanitario, entre otros.

El modelo naval posmoderno será sin duda el más acorde con la evolución doctrinal que la Armada ha experimentado en las últimas dos décadas; dependerá del estamento político nacional entender y apoyar esta evolución como una apuesta estratégica del Estado Mexicano.

PD. Un Poder Naval posmoderno debe entenderse como un componente dentro de una Política Marítima de Estado, inexistente actualmente. La oportunidad para desarrollar dicha Política, bajo la nueva administración 2018-2024, es histórica.

Se recomienda leer: Política Martíma de Estado: un imperativo impostergable.

 

[1] Buzan, Barry. The evolution of international security studies. Routledge, EEUU 2013.

[2] Speller, Ian. Understanding Naval Warfare. Routledge. EEUU 2014.

[3] Deare, Craig A. A Tale of two eagles. The US-Mexico bilateral defense relationship post Cold War. Rowman and Littlefield. EEUU 2017.

[4] De particular importancia es el esquema de cooperación con el Joint Inter-agency Task Force South, con sede en Florida.

One comment on “La Armada de México hoy: evolución doctrinal en marcha

  1. Juan MORENO says:

    Really a very good and interesting article.

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