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Sobre este espacio

Este blog está dedicado al análisis y discusión de temas relacionados con la seguridad nacional y la defensa. Aunque en este sitio se encontrará información primordialmente sobre México, también se abordarán temáticas que por su relevancia bien pudieran aplicarse a otras latitudes. El autor es fundador y Director de Inteligencia en Riskop, una firma mexicana de inteligencia estratégica y control de riesgos. Politólogo por el ITESM Campus Monterrey y egresado del William J. Perry Center for Hemispheric Defense Studies (DPCT 2016). Investigador Externo del Instituto de Investigaciones Estratégicas de la Armada de México y conferencista en el Centro de Estudios Superiores Navales y el Colegio de Defensa Nacional.

Algunos títulos recomendados

The evolution of modern strategic thought

The Ghost Fleet: A Novel of the Next World War

Out of the mountains: the coming age of urban guerrilla

Manual de Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional

Fire on the water: China, America and the future of the Pacific

Insurgency and Counterinsurgency in modern war

Imagen: Scott Blair

 

Pax: del latín Paz

Phasma: del latín fantasma

No soy un experto en procesos de pacificación, pero sí un estudioso de la guerra que, tanto por motivos profesionales como personales -mi familia padeció directamente los horrores de ambas guerras mundiales- dedico buena parte de mi tiempo a entender qué es la guerra y qué es la paz.

¿Se trata de una dialéctica histórica imparable? ¿Será que la paz es únicamente la ausencia de la guerra? ¿Puede entenderse una sin la otra?

No, la paz es en realidad una condición subjetiva (percepción) y objetiva (estructural) que se construye sobre bases sólidas, idealmente perdurables y resilientes.

Uno no dicta la paz por decreto, como si los acuerdos entre Israel y sus vecinos hayan eliminado para siempre el espectro de la violencia; o la enemistad entre Hutus y Tutsis haya desaparecido por completo; o como si en Colombia, tras los diálogos entre guerrillas y el Estado hayan sepultado, para siempre, la amenaza latente de la muerte.

La paz es cosa seria, pues implica un ejercicio de autocontención entre contrarios, donde no es tanto la bondad innata entre ellos sino la correcta alineación de incentivos lo que finalmente logra sentarlos a la mesa.

Pero la paz es también producto de un esfuerzo estatal bajo el amparo de las leyes. Sin ello, ningún proceso de pacificación tiene legitimidad, ni formal ni perceptiva.

El tema nos concierne a los mexicanos, porque parece que no hemos entendido que la paz es un asunto de Estado y no de gobierno -mucho menos de gobiernos electos, aún sin asumir sus responsabilidades constitucionales.

Intento explicarme.

En las últimas semanas, y prácticamente desde su elección como próximo Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Andrés Manuel López Obrador y parte de su equipo se han dado a la tarea de organizar una serie de mesas de paz alrededor del país.

La idea es, en principio, buena.

Pero la política es el arte de lo posible y, al menos hasta la fecha, dichas mesas han dejado más preguntas que respuestas.

Me han dicho que detrás de este esfuerzo pacificador se encuentra una estrategia de seguridad mucho más compleja e integral, de tal suerte que las mesas de paz serían sólo un elemento de la misma.

Si la definición de estrategia es la articulación de fines, procedimientos y medios bajo condiciones limitantes, ¿cuál es el fin de las mesas de paz? ¿cómo abonan éstas a los objetivos ulteriores de la política de Seguridad Nacional? ¿cuál es la metodología de las mismas? ¿quién define quién y por qué deben sentarse en la misma mesa?

¿Quién y cómo se dará seguimiento a los agravios ventilados abiertamente que, de no ser atendidos profesionalmente, quedarán como una herida nueva en los participantes?

Y lo que es todavía más importante: ¿puede un proceso de pacificación tener un inicio y un fin? Desde luego que sí, pero en ese caso, ¿cuándo y en qué terminarán las mesas de paz?

Demasiadas preguntas para un tema profundamente complejo, que demanda mucho más que buenas intenciones (y no tengo duda que las hay).

Hobbes decía que para que los humanos controláramos nuestros instintos violentos, debíamos someternos al gobierno de las leyes. Se puede o no estar de acuerdo con la idea de “Leviatán” del filósofo inglés, pero tuvo y tiene razón en que sólo bajo el amparo del Estado, pueden crearse las condiciones mínimas de convivencia entre los hombres.

Si las mesas de paz permiten el acercamiento entre personas y grupos antagónicos, bien.

Pero ello no debe quedar ahí, pues hará falta un Estado fuerte que proteja el resultado de dichas mesas y garantice que los agravios no volverán a suceder.

Sin Estado no hay ley, y sin ley no hay paz que perdure.

O construimos un país donde nos sujetemos al amparo de la ley, todos, o la paz que resulte de cualquier proceso de diálogo será tan ridícula como la frase de Canek: “…para qué quieren la libertad, si no saben ser libres”.

O lo que es lo mismo,

“…Y para qué quieren la paz, si no saben que hacer con ella…”

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