¿Y para qué estudiamos la guerra?

En 1946, un niño alemán jugaba en su jardín, cuando oyó un extraño ruido que provenía del segundo piso de su casa. Se asomó por la escalera y vio a un hombre, desconocido, afeitándose en el baño de su madre.

Corrió a decirle a su hermano mayor que había un intruso en la casa, pero su mamá lo detuvo y, con calma le explicó: ese hombre es tu papá.

El niño entendió que su padre había regresado a casa, tras pelear en la guerra y estar prácticamente ausente al menos desde septiembre de 1939. Él no entendía de política ni de ganadores o perdedores. Sólo sabía que su papá estaba en casa y por fin podría comenzar a conocerlo.

La guerra le había quitado esa oportunidad y la pos-guerra se la estaba regresando. Pero las cicatrices ocultas -que a veces son más fuertes que las heridas físicas- permanecerían ahí por siempre, para esa familia y otros millones de sobrevivientes.

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Estudiar la guerra no es una cuestión fácil. Quien crea que sólo se trata de leer libros y ensayos sobre batallas y estadísticas está completamente equivocado. La guerra tampoco puede reducirse a definiciones científicas que buscan darle sentido dentro del vaivén dialéctico de la humanidad.

Y vaya que hay definiciones profundas y verdaderamente complejas sobre la naturaleza de la guerra, desde aquellas que ofrecen una perspectiva histórica, incluso poética, como las de Heródoto; hasta otras igualmente antiguas, pero más objetivas, como las de Tucídides.

El propio Clausewitz, a principios del Siglo XIX, dedicaría todo su esfuerzo intelectual a desentrañar las características de la guerra, como instrumento político para imponer al contrario la voluntad de un Estado.

Hobbes, un par de siglos atrás, hablaba sobre la necesidad de construir un Estado fuerte capaz de arrebatar al ciudadano de su violencia innata; el Leviatán nacía entonces como producto de las constantes guerras y de la necesidad de imponer orden a un mundo caótico, so pena de que el hombre terminara por devorarse a sí mismo: homo homini lupus.

Pero la guerra es todo eso y más. No es solamente un conjunto de definiciones o constructos conceptuales, sino un fenómeno tan complejo como la humanidad misma.

No. La guerra no puede entenderse sin la humanidad y la humanidad no puede entenderse sin la guerra.

Por ello, el libro de Ian Morris, “Guerra, ¿para qué sirve?” es probablemente uno de los escritos más completos sobre la naturaleza del fenómeno en cuestión, sin entrar en excesivo romanticismo, pero alejándose también de la frialdad de las estadísticas vacías.

La guerra produce muerte, y está no puede reducirse ni a un poema ni a un conjunto de cifras. En medio de ambos extremos radica la objetividad de Morris, un historiador que bien pudiese haber sentado en una misma mesa a Heródoto y Clausewitz, y hacer que ambos estuvieran de acuerdo.

Morris comenta que el estudio de la guerra puede realizarse desde cuatro enfoques diferenciados:

  1. El personal, que “…trata de contarnos cómo se vive y cómo se siente la guerra”.
  2. El histórico-militar, que mezcla la experiencia personal con informes de batallas, estadísticas y análisis político-estratégicos.
  3. El técnico, que analiza la guerra desde la parte más alta de la pirámide militar, enfocándose en las razones políticas que empujan al uso de la fuerza.
  4. El evolutivo, o antropológico, que argumenta que la guerra es en realidad el motor económico-productivo de la humanidad.

En realidad, argumenta el autor, lo mejor es utilizar los cuatro enfoques para abordar el estudio de la guerra desde una perspectiva integral, para así llegar a una conclusión verdaderamente fascinante -lo mismo que escalofriante: la guerra es un choque violento momentáneo que crea condiciones de paz duradera.

Sí, esa hipótesis le ha ganado a Morris una serie de críticas de las que probablemente nunca podrá escapar. Pero tiene algo de razón: la guerra creó al Estado, el Estado creó la ley y la ley creó la paz.

No se trata de una hipótesis simplista en lo absoluto. El lector deberá adentrarse en el libro para juzgar, una vez que lo haya terminado, si Ian Morris tiene razón.

Personalmente coincido con él en que la guerra es parte de la condición humana desde la antigüedad, y que la constante violencia entre los pueblos dio origen a la idea hobbsiana del Estado-Nación.

Pero haciendo a un lado a la filosofía política o la antropología histórica, lo cierto es que la guerra sigue siendo un fenómeno evolutivo, cambiante y adaptativo.

No sé bien si la guerra se adapta a la humanidad y evoluciona con ella o, si por el contrario, la humanidad cambia en función de la guerra.

Pero la guerra existe y existirá siempre, quizás con otro rostro o bajo otro nombre (llámesele conflicto híbrido, asimétrico o de cuarta generación); la guerra será siempre la guerra.

Y sí, de pronto debemos recordar que quienes estudiamos la guerra no lo hacemos por simple interés. Lo hacemos para evitarla, sabiendo que probablemente sucederá. Y si sucede, es mejor entenderla para mitigar al máximo sus efectos.

La guerra es arte y ciencia, dirían algunos amigosclausewitzianos. Pero también es dolor y sufrimiento.

Es mejor entenderla bien, de pronto la guerra -en su forma científica, antropológica o personal- está más cerca de lo que parece.

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El desconocido que se afeitaba en 1946 bajo la mirada de su hijo era mi abuelo.

El pequeño era mi padre.

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