Del romanticismo vacío al discurso político-estratégico: lo que falta

Unos días antes de asumir el cargo de Presidente de la República y, con ello, convertirse en el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas (Ejército, Marina y Fuerza Aérea), Andrés Manuel López Obrador realizó una inusual visita a representantes de las tres ramas militares y sus familias.

En el evento, sin duda atípico y en medio de una atmósfera ciertamente enrarecida -producto de las declaraciones del entonces presidente electo contra las propias Fuerzas Armadas durante toda la campaña- López Obrador dirigió un discurso a los más de 3 mil hombres y mujeres de uniforme.

La prensa abordó, al día siguiente, la singularidad del evento y resaltó la importancia de “cicatrizar heridas” y “tender puentes” entre la administración entrante y las Fuerzas Armadas, pero no hubo un análisis más profundo.

Lo cierto es que dicho discurso reviste de una importancia trascendental, porque permitió entender la visión del nuevo presidente sobre la situación actual del país y la forma en que él considera que las Fuerzas Armadas habrán de accionar en el futuro cercano.

Hasta ahí no debería haber problema, pues la conducción política de la defensa es precisamente eso: la definición de los grandes objetivos y el planteamiento general de cómo avanzar hacia su consecución.

Pero el político sabio y prudente -el hombre de estado pues- debe detenerse ahí; evitando en todo momento que su discurso descienda de lo político-estratégico a la arena de la politiquería, esa que no le interesa a las Fuerzas Armadas y que escapa a su ámbito de responsabilidad.

Es ahí donde el nuevo presidente se equivocó, al hablar de cómo el neoliberalismo era el causante de la gran tragedia nacional o de cómo la violencia, que arrebata la vida a miles de mexicanos cada año, se debe a “la aplicación de políticas económicas fallidas que deben terminar”.

No entraré en el debate de las razones que explican los altos niveles de violencia en México, sino en lo innecesario de someter a las Fuerzas Armadas a un discurso que nada tiene que ver con su ethos fundamental: la defensa de la soberanía.

No entender esto es no entender a las Fuerzas Armadas, y eso debe corregirse al interior del nuevo gobierno cuanto antes.

El Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea son instituciones militares permanentes, cuya naturaleza y propósito trasciende a los gobiernos en turno.

Decir que las “Fuerzas Armadas son pueblo uniformado” es romanticismo vacío del político que prefiere no entender lo que realmente son los militares: un cuerpo profesional vital para el ejercicio del poder del Estado, de cara a la consecución de los objetivos nacionales.

Un cuerpo que necesita dirección político-estratégica clara, con visión de Estado y seriedad. Ni más ni menos.

Romantizar a las Fuerzas Armadas o, peor aun, dedicarles discursos políticos de carácter proselitista (neoliberalismo y demás cosas) tiene dos consecuencias completamente innecesarias, y que el nuevo presidente debe evitar: por un lado, los militares tendrán poca claridad de los objetivos estratégicos a los que habrán de contribuir y, por el otro, el estamento político seguirá sin entender la naturaleza y propósito de las Fuerzas Armadas.

Sugiero que el nuevo gobierno -romanticismo y politiquería de lado- realice un verdadero esfuerzo de entender a profundidad qué son y para qué sirven las Fuerzas Armadas, cuál es el escenario estratégico nacional e internacional en el que se desenvuelven y, sobretodo, qué tipo de estructura de defensa necesitamos para el México del 2050.

En México, existe un debate pendiente sobre el papel de las Fuerzas Armadas en labores de seguridad interior (que necesitará aclararse con mayor rapidez ante la inminencia de la Guardia Nacional), la necesidad de un Estado Mayor Conjunto, la participación en operaciones de mantenimiento de paz, la contribución de la Armada de México a la Política Marítima, la separación de la Fuerza Aérea del Ejército y otro sin fin de variables que necesitan de una conducción político-estratégica sin complejos, moderna y profesional.

Dejemos el romanticismo y la politiquería fuera del discurso presidencial hacia las Fuerzas Armadas, por el bien de éstas y del México del futuro.

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