Diplomacia naval: modelos y conceptos básicos

Este breve ensayo aborda el concepto de diplomacia naval (naval diplomacy), partiendo de un marco conceptual general sobre el empleo no bélico de las fuerzas armadas hasta el uso del poder naval como instrumento de política exterior de naciones rivereñas.

 

El uso no militar de las fuerzas armadas

La visión tradicional sobre las fuerzas armadas apunta a que éstas tienen como principal razón de ser el empleo de sus medios para la conducción de la guerra. Esto aplica para las fuerzas de tierra, aéreas y navales por igual (sólo por mencionar los tres dominios tradicionales).

Sin embargo, lo anterior es sólo un extremo del empleo del estamento militar, pues existen una serie de misiones o “espectros de comportamiento” donde las fuerzas armadas también contribuyen decididamente a la consecución de los objetivos políticos nacionales.

Joseph Nye concibió correctamente este argumento, al considerar que “el poder militar puede jugar también un papel importante en la creación de poder suave [soft power]. Además del aura de fuerza que es generada por sus meras capacidades fuertes o bélicas [hard power] lo cierto es que los militares conducen ejercicios en tiempos de paz con aliados, programas de asistencia o misiones de apoyo a otras naciones”.

De hecho, el concepto generalmente aceptado de “Military Operations Other Than War” engloba en buena medida el tipo de misiones que el estamento militar desarrolla en tiempos de paz (es decir, la mayor parte del tiempo): coerción, disuasión, ayuda humanitaria y estabilización.

Sin embargo, incluso las operaciones militares en tiempos de paz tienen matices muy particulares.

Es decir, no es lo mismo una operación militar de ayuda humanitaria a un país en desgracia que una misión coercitiva que tenga como objetivo el influir en las decisiones de un estado-nación soberano.

De ahí que la correcta taxonomía de los “tipos de diplomacia militar” cobre particular relevancia tanto para analistas como para hacedores de política de defensa.

 

Tipos de diplomacia militar: disuasión, coerción (Guerra Fría) y cooperación (actual)

 Dentro de los diversos estudios en materia de diplomacia militar -o del empleo no bélico de las fuerzas armadas- sobresalen dos conceptos clave, acuñados en estudios a lo largo de la segunda mitad del siglo XX: disuasión y coerción.

De hecho, estos dos conceptos suelen ser confundidos incluso por especialistas, como si se tratase de sinónimos, cuando en realidad revisten de una naturaleza divergente: mientras que la disuasión se enfoca en evitar que un actor tome alguna decisión, la coerción tiene como objetivo el obligar a dicho actor a dar marcha atrás a acciones que ya ha realizado.

La naturaleza de ambos conceptos puede analizarse a la luz de los fines que persiguen: la disuasión tiene un fin “positivo”, mientras que la coerción tiene un fin “negativo”.

Sin embargo, es importante recalcar que ambos conceptos comparten un elemento sumamente relevante: se trata de herramientas cognitivas, es decir que, aunque tengan un fin diferente, ambas son efectivas únicamente si logran transmitir una idea puntual al actor en cuestión, para que éste tome una decisión estratégica determinada.

André Beaufre, probablemente uno de los más grandes pensadores estratégicos franceses del siglo XX, decía que el efecto de la coerción o de la disuasión debía provocar en el adversario un proceso mental que le hiciera calcular el riesgo de sus decisiones (proceso cognitivo).

Pero ¿qué pasa cuando el uso no militar de las fuerzas armadas no tiene como base la coerción ni la disuasión, sino el posicionamiento estratégico de un país a través del prestigio y la cooperación, es decir, el soft power?

Es precisamente aquí donde las definiciones acuñadas durante la Guerra Fría pierden fuerza, lo que nos lleva a explorar un concepto posmoderno más acorde con el mundo que surgió a partir de la caída del bloque soviético, y que Kevin Rowlands resume como “diplomacia militar preventiva”.

“La diplomacia militar preventiva [señala el autor] es en esencia la búsqueda de los intereses nacionales, pero no a través de la amenaza de la fuerza [disuasión o coerción, cualquiera que sea el fin] o del uso limitado de las armas [véase Liddell Hart], sino a través de la cooperación internacional y la prevención de conflictos”.

Y es aquí donde el uso de las fuerzas navales como herramientas diplomáticas preventivas, -y no únicamente coercitivas o disuasivas- cobra relevancia.

En un mundo con economías nacionales interdependientes, y cuya matriz comercial depende casi en su totalidad de las vías marítimas de comunicación, el poder naval es el medio sine qua non para solventar una política exterior proactiva, cooperativa y sistémica.

 

Modelos de diplomacia naval:

Si bien el concepto de diplomacia naval preventiva es relativamente reciente, lo cierto es que éste es una adaptación posmoderna del modelo de diplomacia naval definido por Ken Booth en su magistral obra Navies and Foreign Policy de 1977.

El triángulo de Booth, que resume las tres principales funciones de las fuerzas navales, es a su vez la integración de modelos navales estudiados por estrategas como el Vicealmirante Stansfield Turner, Edward Luttwak y el propio Almirante Sergei Gorshkov.

Para Booth, las marinas cubren los roles de: guardia costera (Policing Role), defensa exterior (Military Role) y diplomacia naval (Diplomatic Role).

Sin embargo, aunque el modelo de Booth no ha perdido relevancia en la actualidad, fue diseñado en plena Guerra Fría, por lo que se queda corto en explicar el tipo de misiones de diplomacia naval en un contexto marítimo del siglo XXI (donde la cooperación sistémica es vital, más allá de la manipulación o la negociación desde la fuerza).

Por ello, Kevin Rowlands retoma los hallazgos de Booth y, apoyándose en el trabajo de Geoffrey Till -el estratega naval más reconocido de la actualidad- propone un nuevo modelo basado en cuatro espectros del uso del poder naval como instrumento de política exterior, que van desde lo más “duro” hasta lo más “blando”: coerción, protección, persuasión y asistencia.

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El recuadro anterior, tomado directamente de la obra Naval Diplomacy: a model for the post Cold War global order, permite a los analistas y hacedores de política naval dimensionar el alcance de las fuerzas navales como herramientas diplomáticas en el mundo actual.

De hecho, es evidente que los conceptos de “asistencia” y “persuasión” revisten un carácter completamente posmoderno y sistémico, donde caben misiones “suaves” como ayuda humanitaria o intercambio de recursos humanos especializados; mientras que los conceptos de coerción y protección, evidentemente más “duros”, abordan misiones diplomáticas navales tales como operaciones de paz o de protección preventiva de las vías marítimas de comunicación.

 

Consideraciones finales: ¿Y México?

 Como puede constatarse, el empleo de las fuerzas militares en operaciones no bélicas ofrece el paraguas conceptual para el uso del poder naval como herramienta diplomática.

En este sentido, el empleo de medios navales para este fin abona a la consecución de los objetivos nacionales potenciando el “poder suave” de los estados-nación, lo que demanda medios (barcos) y capacidades (despliegues temporales) bajo una definición estratégica clara.

Un país como México, con más de 11 mil kilómetros de costas en dos océanos y más de 3 millones de kilómetros cuadrados de dominio marítimo, está obligado a diseñar una política exterior donde el empleo del poder naval se constituya como uno de sus elementos estratégicos.

El inicio de una nueva administración federal ofrece la oportunidad perfecta para diseñar, con una visión de estado, una diplomacia naval cooperativa, proactiva y moderna.

No tengo duda de que la Armada de México entiende su papel en esta definición; pero no tengo la certeza con relación a las demás instancias del poder (como el Senado o la propia Secretaría de Relaciones Exteriores).

El tiempo lo dirá.

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